Vista Alegre: Kilómetro Cero

Vista Alegre: Kilómetro Cero

La música, como catalizadora de folklores y seña de identidad de un territorio, ejerce una poderosa influencia en las diversas sociedades del mundo. Representa estados de ánimo, tradiciones, creencias, códigos, patrones conductuales o formas particulares de expresión. Lo paradójico es que los seres humanos son los encargados de crearla y que, la música, además de describirlos, los influencia enormemente. Lo que nosotros hemos moldeado, nos moldea a nosotros.
También es relevante la estrecha conexión entre las músicas y la ubicación geográfica en la que se crearon. El sol, la luz, los colores, la orografía o el ecosistema de un entorno empapan una determinada cultura. Pero también lo hacen su historia y los acontecimientos que la agitan, alimentan, desafían o censuran. Si uno se imagina en Cuba, en la cabeza resuenan cencerros, timbales, melodías corales o los pasos de la gente bailando en el Malecón. Con Brasil, las neuronas viajan al Sambódromo de Río y explotan entre tambores. La samba es, para el pueblo brasileño, algo más que su música. Es la música.
Con Italia, el abanico de endorfinas para el cerebro es infinito. Desde los clásicos, hasta las melodías más gamberras y embaucadoras de hoy en día. Si con el África negra surgen danzas grupales y cantos alrededor de alguna ofrenda, en Portugal viajamos mentalmente al barrio de Alfama de Lisboa para disfrutar del fado en plena desembocadura del Tajo. Irlanda, por su parte, es gaita. Escocia, miles de gaitas. Todo esto es así. O no. Quizá sean simples sesgos.
https://www.youtube.com/watch?v=09i1dNS5N_A

Esto es una forma generalizada, y quizás también estereotipada, de explicar la asociación música/geografía/clima de algunas zonas. Y la realidad es que existe la samba en Brasil y el fado en Portugal por diversos motivos. Entre ellos, el clima o su ecosistema social. Pero el mundo, como la música, ha cambiado. Los gustos y la tendencias, también. La globalización e internet han reconstruido absolutamente todo. El folklore y las tradiciones musicales de la cultura de un país siguen existiendo, subsistiendo en ciertos casos, pero la red ha hecho temblar las tradiciones. Ha generado alcance, posibilidad, intercambio, conocimiento y, sobre todo, perspectiva. Pero también perros de presa. Con todo esto, la moribunda industria musical, con el hocico donde huele a cocido, se ha soltado la correa.
Hoy en día, con el índice, accedemos a un universo musical. Podemos entrar en la cocina de Keith Richards y, si no nos gusta lo que hay para desayunar, nos vamos a tomar un vermut sonoro al jardín de quién nos dé la real gana. Ya no existe un proceso: conozco a un artista que escucho en la radio, voy a comprar su disco, leo el libreto con fotos e información general de la producción que lo acompaña, enciendo el “aparato” (tocadiscos, discman, mp3, airpods, …) y lo disfruto. De arriba a abajo. Acto seguido, lo guardo en la estantería como a un libro con el que vuelvo a emocionarme cuando quiera. Todo un proceso.
Hoy en día no existen los discos. Apenas se lanzan algunos al mercado. La nostalgia del proceso, supongo. Pero el caso es que no se venden discos de doce temas. En realidad, ya no se venden discos. Escuchamos singles, hits y tendencias en YouTube o Spotify. El proceso ha cambiado enormemente. Lo han mutilado. Ahora, pausamos, cancelamos, adelantamos, borramos, agregamos, damos “like”, nos aburrimos en diez segundos o compartimos archivos a la velocidad de la luz. Y todo esto, con un portugués cuyo padre guarda la colección de Dulce Pontes como oro en paño o con un brasileño cuyo abuelo sigue limpiando minuciosamente los vinilos de Vinícius de Moraes, Toquinho o João Gilberto. Todo en diez segundos.
La pregunta es ¿cuánto han influido la inmediatez y las nuevas tendencias en el tratamiento y olvido de las tradiciones de un territorio? ¿Cuánto en sus gustos musicales? MUCHO. Asistimos a un estreñimiento de Toquinhos y a una diarrea de singles con fecha de caducidad. Actualmente, el empacho digital es evidente y los procesos, la paciencia y el disfrute pausado de la música, prácticamente inexistentes.
https://www.youtube.com/watch?v=2W3K2OsgdU0

Por todo ello, la educación musical en la escuela debe recorrer la historia de la música para que el alumnado sepa quién fue Beethoven, para reconocer a Bach o descubrir que la hermana de Mozart era una brillante compositora sin las oportunidades de su hermano. Pero también dónde y cómo se originó el rock, quién era Janis Joplin, cómo suenan los Beatles, cómo se originó el rap, por qué en Portugal el fado es religión, qué es una guitarra eléctrica, cómo tocaba la batería Charlie Watts en los Rolling Stones o cómo no estigmatizar el folclore gallego asociándolo a una gaita en medio de la nada. Nuestro folclore es mucho más. Como en los restaurantes modernos, producto kilómetro cero, primero.
Con pausa. Sin anticiparnos al aburrimiento. Sin adelantar o parar canciones. Levantándonos de las sillas, moviendo los pies y con los oídos bien abiertos. Toquinho estaría orgulloso. Janis, también.
https://youtu.be/GNZBSZD16cY


Pedro Carrero Ocampo
Profesor de música en Educación Primaria